El chocolate, alimento y placer
A su llegada a Méjico, Hernán Cortés y sus gentes no comprendían que unas semillas de aspecto nada agradables, que llamaban cacao, la usaran como moneda para el pago de impuestos y compras del mercado, donde un conejo valía seis granos de cacao, los servicios de una cortesana once y un esclavo cien.
Por su sabor, sin azúcar y con extrañas especias, consideran el chocolate azteca, digno de una pocilga, que lo aceptaron al observar que los nativos eran capaces de caminar todo el día, sin más alimento que el chocolate bebido por la mañana.
Días después cuando llegaron al suntuoso palacio de Moctezuma, descubrieron que el chocolate era un "filtro de amor". La Viagra del siglo XVI.
Observaron que Moctezuma comía poco, pero que se hacía servir abundantes copas de chocolate hirviente, para potenciar sus cualidades viriles y tener acceso con mujeres.
Bernal D. del Castillo escribió que él era limpio de sodomías, esposo de dos linajudas cacicas y servidor macho de muchas mujeres amigas.
Los frailes tenían prohibido tomar chocolate con anís y otras especias porque despertaba deseos de la carne, la que os estáis figurando y no la del Label.
Una bella leyenda, atribuye al dios Quetzacoatl, el origen del árbol del caco, que hizo brotar en la tierra regada con la sangre de una esposa que dio su vida por amor y lealtad.
Enseñó a las mujeres a tostar las semillas, y molerlas con agua de flores para tomarlo, oficio que han sublimado con su destreza en el manejo del molinillo -un poeta exigía para que produjera placer que fuese áspero, dulce, caliente y de manos de mujer-. Mucho dirían en este sentido Samaniego, Conde de Peñaflorida y Caballeritos de Azkoitia, grandes aficionados del alimento de los dioses.
Las monjas de Guajaca (Méjico) con la aportación del azúcar transformaron el chocolate azteca, conquistando al mundo. Estas monjas, expertas confiteras, con un kilo de azúcar y otro de almendra, membrillo o melocotón, creaban deliciosos dulces. Hicieron lo mismo con un kilo de azúcar y otro de cacao, produciéndose el milagro del nacimiento de una nueva estrella en el firmamento gastronómico. Tan genial fue este maridaje del cacao con el azúcar que su fórmula magistral no ha sido superada.
En Méjico, las mujeres españolas hechas a la tierra, se morían por el negro chocolate, siendo tan grande su pasión que se hacían servir chocolate en la catedral durante los oficios. Les prohibió el obispo y les amenazó con la excomunión. A pesar de ser devotas y practicantes hicieron huelga de Iglesia, ante la temible amenaza. En fin, que ellas con la Iglesia toparon, y el obispo de Chiapas con el chocolate. Murió súbitamente envenenado con una taza de chocolate.
Dejemos a Moctezuma y hablemos del chocolate de hoy. Sin duda, para mí, estamos disfrutando del mejor chocolate de la historia. No han variado los ingredientes, siendo los porcentajes según moda o época.
La mejoría está en las nuevas técnicas de fabricación, que eliminando sustancias aromáticas astringentes y amargas no deseadas, nos ofrecen un chocolate con el máximo desarrollo del aroma de cacao, acaramelado, fino y de excelente fusión. La bombonería de calidad, con ganaches y pralines menos azucarados, son un regalo para el paladar, como muchos turrones artesanales de chocolate.
Soy un forofo del chocolate amargo de 65-72% de cacao, os sugiero descubráis de vez en cuando sabores perdidos, y comáis una onza de chocolate amargo con un trozo de pan crujiente y descubriréis al niño o niña que lleváis dentro. No os privéis, después de disfrutar su aroma, de recibir en vuestros labios un dulce y cálido beso del seductor chocolate que al beberlo, si es puro, os dejará el recuerdo de un sabor intenso, amargo e inconfundible.





